Columna de académica Dra. Diana Aurenque: "Educar para el mundo; no para el uso"

El gran desafío de la educación no es recuperar su presencialidad, sino mantener en los menores su típica curiosidad y re-encantar a los jóvenes con el aprendizaje.

Fuente: The Clinic

El ministro de educación, Raúl Figueroa, habla de una crisis educacional debido a la pandemia. Y además culpa al gremio de ser responsables de la pérdida de clases pre-catástrofe sanitaria durante el mes y medio de paro del año pasado. Relacionar la pérdida de clases debido a una lucha gremial con la suspensión de clases por razones sanitarias es de una indolencia impresentable que, además, impide ver la verdadera problemática de la cuestión educacional.

La comparación invisibiliza las demandas laborales legítimas de los docentes bajo pretexto de sus efectos negativos en la formación escolar. Dado que trabajan con niños y menores ¿los profesores están impedidos de ejercer su legítimo derecho a protestar por mejores condiciones laborales? No es aceptable que los niños sean utilizados como escudo para mantener el status quo

Ante la posibilidad de que miles de niños y jóvenes abandonen el “sistema escolar” el ministro señala que se avecina un “drama de la deserción escolar”. ¿Se avecina? ¿No debería él conocer la situación educativa nacional mejor que nosotros y saber que el “drama” está instalado desde hace décadas en la educación chilena? Culpar a la pandemia, o a un paro de profesores, de la crisis de la educación es de la misma irresponsabilidad política que caracteriza a un gobierno incapaz de revisarse a sí mismo y de poner bajo sospecha su propia política educacional mandatada, en primera instancia, por una lógica de mercado y rentabilidad.

En Chile es muy difícil formar personas para el mundo y la vida en común, soberanas de sí y respetuosas de la diversidad. La lógica educacional tiende más bien a verlos como bienes que, mientras más contenidos posean, más valen. Excepto en algunos establecimientos privados que pueden tomarse más libertades, la educación curricular ha estado tradicionalmente atravesada por una razón instrumental que entiende la formación de niños y jóvenes como mercancías: al cabo de la escolarización todos deberían ser igualmente capaces de saber una serie de contenidos que, difícilmente, serán decisivos para el resto de su vida. Pues si bien sumar, restar y multiplicar sirve, de igual modo nos es útil la App que calcula en los teléfonos inteligentes. ¿No deberíamos mejor aprender lo que un algoritmo o una máquina no puede reemplazar? ¿aprender a vivir en el mundo, a lidiar con el dolor, a reconocer la injusticia o a vivir respetuosos con el planeta?

Ese espíritu utilitario ni siquiera ha podido ser erradicado con la implementación de Ley General de Educación 20.370 -recordemos que hace poco tiempo se debió levantar una defensa por la enseñanza curricular de la asignatura de filosofía para evitar que desapareciera-. Y no podía ser de otro modo: la filosofía jamás ha servido como sirve lo meramente útil. Sin embargo, es la disciplina que quizás mejor prepara para un mundo en cambio constante, con una pluralización de valores, creciente automatización y digitalización del trabajo. Educar para la crisis, sin temerle y hasta en su búsqueda, es por cierto una de las grandes bondades “inútiles” de la filosofía.

La urgencia ministerial de que los menores y jóvenes retornen presencialmente a los establecimientos educacionales no responde a una preocupación por formar personas, sino por generar entes productivos. Se trata de que pronto puedan ser moldeados y preparados para insertarse adecuadamente en los diversos ámbitos laborales donde serán de provecho. La función normalizadora y objetualizante por parte de las instituciones educativas es conocida y fue denunciado hace mucho por Michel Foucault. Pero por sabido que sea, no deja de indignar que incluso en estos tiempos de máxima crisis humanitaria, se siga deshumanizando la educación.

Peor aún. La presunta importancia de la educación presencial enmascara una nueva manipulación: que los niños sean desde ya útiles. El MINEDUC no parece preocuparse por los peligros sanitarios que puedan correr los niños, no le interesa su “bien superior”, pero si que puedan dejar liberados a sus padres y cuidadores para que éstos retornen a sus trabajos -mantener la cadena productiva es, pues, más importante que los riesgos sanitarios-. 

Y cuando la discusión se orienta hacia los estudiantes secundarios de 4to medio, el argumento es aún más caricaturesco. ¿Puede esperarse sensatamente que estos estudiantes, presos de un modelo que los adoctrina para rendir una prueba injusta, tengan un beneficio real de la presencialidad? ¿Después de todo lo vivido a comienzos de este año y vinculado a la denuncia de la Prueba de Selección Universitaria (PSU) como instrumento que reproduce inequidades sociales? El MINEDUC debe replantear sus argumentos y reconocer, de una buena vez, el fracaso de los “12 juegos” denunciado ya en 1986 no por expertos, sino por Los Prisioneros.

La pandemia debería mejor ser ocasión para replantearnos los fines de la educación. Reconocer que las condiciones de vida actuales, no solo de los menores, jóvenes y estudiantes, sino la de todos, se inserta en una profunda transformación tecnológica y digital de la que no hay vuelta atrás. No sólo las opciones de formación por vías informales le han quitado preponderancia a las escuelas y academias, sino que las nuevas tecnologías digitales han democratizado la información de forma inaudita. Esto desde luego impacta a todo el sistema educativo, no solo a los profesores, sino que a la sociedad en su conjunto. No son contenidos ni información lo que falta, sino formación plural para la vida. En este escenario es injusto que la calidad de la educación nuevamente sea puesta bajo la sola responsabilidad de un gremio cansado, sobre exigido y desfavorecido durante décadas; tanto así, que constituyen el grupo de profesionales más enfermos en el área de la salud mental.

Los profesores son, sin duda, fundamentales en el proceso educativo. Pero no por ser simples transmisores de contenidos ni por homogenizar a los individuos como bienes intercambiables; sino, porque siendo humanos y no máquinas propician el encuentro afectivo adecuado con los otros, dando lugar a la emoción del aprender, disfrutar resolver problemas, reconocer y superar las dificultades y fomentar la creatividad –todo en comunidad-. El desarrollo de las potencialidades que constituye cada uno de sus alumnos y alumnas ocurre en la sala de clases cual mini-mundo, como un espacio colectivo y público donde se cruzan las diferencias y ocurre el reconocimiento de los demás como pares.

El gran desafío de la educación no es, pues, recuperar su presencialidad, con todas las dificultades que implica el aula virtual, sino mantener en los menores su tan típica curiosidad y re-encantar a los jóvenes con el aprendizaje. Y el desafío puntual es lograr reinventar esta alegría en un contexto digital. Esa es la cruzada que debería concentrar todos los esfuerzos del MINEDUC en su apoyo para y no contra los docentes. Pues la tarea más urgente en nuestros tiempos es una: provocar el deseo de saber sin utilidad cortoplacista; en un espacio colectivo que, no busque sólo dar lugar al contenido útil para el trabajo e inútil para la vida; sino a formar personas para el mundo; con amplitud de perspectivas, intereses y apertura ante la diversidad y una buena cuota de fortaleza para la adversidad.